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ALBERT NAVAS
De aquí a la eternidad

De aquí a la eternidad

En ocasiones no sabes muy bien por qué pero te ves metido de lleno en una aventura, te plantean un reto y vas de cabeza a por ello. Así sucedió esta locura de 102,5 km que terminó con final feliz. Más feliz del que yo imaginaba.

Desde el comienzo de la temporada allá por septiembre, se van sucediendo en el equipo los objetivos a corto plazo: esta o aquella carrera popular, una media maratón, rebajar una marca personal… Después de la media maratón de mediados de noviembre, no aparecía en mi horizonte ningún objetivo claro más allá de mejorar tiempos, sentirme sano y compartir buenos momentos con mis amigos y compañeros de equipo. 2018 terminaba con la primera San Silvestre, allá por Nochebuena, y otras dos el último día del año, una por la mañana y otra por la tarde. La segunda con un significado especial, toda vez que la corrió conmigo mi cada vez menos pequeño campeón. Así se despedía el año deportivo con un buen puñado de momentos más que satisfactorios y un estado de forma estupendo.

No recuerdo en qué momento ocurrió, pero nuestro querido entrenador dejó caer un día que se organizaba una prueba de algo más de 100 km en la que algunos del equipo, entre ellos él y yo, podríamos participar y optar a finalizar con ciertas garantías. Ese es el objetivo en ese tipo de pruebas, al menos terminar. Y así… como el que no quiere la cosa acepté, como aceptaron los demás elegidos para vencer o caer. Para alcanzar el objetivo de la línea de meta o quedarse por el camino debido al agotamiento o problemas físicos.

Una aventura llena de desniveles.

El simple hecho de lanzarse a esta piscina tan profunda, ya exige una pequeña dosis de valentía, y como tales consideré a mis compañeros y amigos de reto. Porque así se planteó: como el reto a alcanzar. Vencer a los kilómetros. Dejar de lado el agotamiento. Obviar la temida pájara física y apoyarnos los unos en los otros para evitar la mental.

Por supuesto, un desafío de tamaña magnitud no se afronta así, sin más. El cabecilla de esta locura, nuestro entrenador, diseña entrenamientos individualizados para cuatro días de la semana, y desde que decidimos embarcarnos con él en este proyecto, los domingos se convierten en un momento para correr juntos durante un buen número de kilómetros. Entrenar en solitario cuando haces algo que te gusta como es el caso resulta divertido, pero más lo es si te acompaña un grupo de amigos. Y así fue. Cada siete días reservábamos un par de horas o cuatro según correspondiera, para acumular muchos minutos, horas de rodaje en nuestras piernas. No tantos como hubiera sido deseable, pero por falta de tiempo se hizo lo humanamente posible.


Antes participé en la media maratón de la maravillosa ciudad de Aranjuez alcanzando mi mejor marca personal hasta el momento en unos 21.097 metros. Una semanas después, iríamos en equipo a la de Madrid, por primera vez disfrutando de cada paso, olvidando el reloj, salvo porque mi misión y la de otro compañero de equipo era marcar el ritmo a dos amigas en franca mejoría atlética y debutantes en la distancia. Objetivo conseguido con nota, por cierto, y jornada inolvidable por Madrid en estupenda compañía.

Ya no hay vuelta atrás.

Y por fin llegó el día señalado, temido y deseado a la vez: el 13 de abril de 2019. Sin duda una fecha inolvidable desde entonces. La noche anterior fue prácticamente imposible dormir. Una preocupación más: el cansancio que ello acarrearía. Pero sin más nos dirigíamos en coche a la población desde donde se iniciaba el reto. Aún era de noche cuando llegamos, y después de identificar nuestras mochilas que la propia organización se encargaría de transportar desde un punto a otro, terminó la eterna cuenta atrás para el inicio del recorrido y la meta aparecía a lo lejos, muy lejos. Era el momento de conocer la eficacia de nuestra preparación, el estado de nuestras piernas, la fortaleza del bloque. Cuatro valientes o cuatro zumbados. Héroes o inconscientes.

Las primeras zancadas fueron iluminadas por algunos frontales y los primeros rayos del sol de aquel sábado que prometía ser apasionante. Fuimos devorando los primeros kilómetros con entusiasmo pero siempre controlados por la cabeza pensante (menos en el momento de embarcarnos en esta aventura) del líder y coach del equipo. Que no cundiera la euforia, quedaban muchas horas por delante. Quizás luego habría que luchar contra la desesperanza, habría que ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Alcanzamos el primer punto de avituallamiento líquido y sólido, primera población por la que discurría el recorrido. Desde entonces pudimos comprobar que contábamos con otro activo: la estupenda organización y la entusiasta colaboración de las gentes de los pueblos. Pedazos de fruta, de dulce de membrillo, almendras y nueces crudas, barritas energéticas… agua y bebidas azucaradas. Aún no había transcurrido mucho tiempo desde la salida, pero éramos conscientes de la necesidad de no dejar que nuestros depósitos se vaciaran y comimos y bebimos sin sentir la necesidad de ello. De este modo, y comenzando a alternar tramos de carrera continua y caminar a buen paso, fuimos superando etapas hasta llegar al primer punto de comida preparada: una estupenda ensalada de pasta que disfrutamos dentro de lo que cabe para no perder demasiado tiempo pero poder descansar mínimamente y recuperar fuerzas.

Sumábamos zancadas, dejábamos atrás sencillas y amables gentes, hermosos pueblos de la comarca natal de mi madre, y el día discurría entre momentos divertidos provocados por las ocurrencias de cualquiera de los cuatro. Pese a tratarse de una jornada de mediados del mes de abril, el sol ya calentaba lo suyo y era indispensable no desatender la ingesta de líquidos ni estar cubiertos por demasiada ropa. 

El contraste entre las horas iníciales del día y las centrales, era bastante marcado. Elegir la ropa adecuada para cada momento era fundamental. Fuera las camisetas térmicas y las mallas para dejar piernas y brazos a las caricias del sol primaveral.

Según devorábamos kilómetros, nos encontrábamos con la realidad: corredores que o bien se habían quedado atrás incapaces de seguir el ritmo de sus compañeros, o que se habían quedado solos por abandono de otros miembros del grupo. Si ya es una temeridad afrontar semejante desafío, mayor lo es hacerlo en solitario. Donde corren cuatro, corren cinco o siete. Y así fue como añadimos algún miembro más al grupo, aunque fuera de manera circunstancial.

Compartir una pasión es vivir.

Alrededor del ecuador del día y justo en el ecuador del recorrido, segundo punto de comida preparada y primero en el que podólogo y fisio podían atendernos. Aprovechamos para recuperar fuerzas con una estupenda empanada aportada por nuestro líder y pasar por las mágicas manos de los reparadores de dolencias. En mi caso, el gemelo de la pierna derecha comenzaba a darme problemas, como llevaba meses haciendo.

Siempre hay momentos para sonreír.

Eligiendo el punto exacto entre huir del momento más caluroso del día, recuperar energías, alimentarse, hidratarse y no perder demasiado tiempo, arrancamos para dirigirnos hacia la segunda mitad del reto. El estómago medio repleto y el sol primaveral nos lastraban las piernas, algo previsto. La clave estaba en no desfallecer, avanzar. El lema es siempre el mismo: corre. 

Si no puedes correr, camina. Si no puedes caminar, arrástrate. Pero nunca te detengas. 

Y eso hicimos, no detenernos.

El final de la sobremesa y los kilómetros previos al tercer punto de comida preparada, discurrieron por un verde encinar sembrado con algunos alcornoques y la Sierra de Gredos con la escasa nieve que quedaba ya de testigos. Por fin llegamos a otro remanso de amabilidad e implicación por parte de las gentes del pueblo. Ensalada de arroz y tarta casera después.

Una vez las piernas han descansado unos minutos y las pilas recargadas, enfilamos una de las partes más delicadas del día: el tramo más largo entre un punto de avituallamiento y el siguiente, con un sol que ya huele a verano. A la caída del mismo alcanzamos la ansiada posibilidad de ser tratados por el fisio por segunda vez y nos cambiamos de ropa para afrontar la noche. En mi caso pido ayuda para mis sobrecargados cuádriceps, pero me aconsejan no tocar nada o no podré ni moverme. No queda otra que resistir.

Las horas de sol han ofrecido una temperatura espléndida, pero la oscuridad supondrá la llegada de una bajada acusada seguramente. Nos pertrechamos además con los frontales. Al refrescar nos sentimos levemente estimulados muscularmente, pero los gemelos, los cuádriceps, los isquios… acusan los más de 80 km recorridos ya. La luz de los frontales nos marca el camino incluso en alguna vereda estrecha y escarpada. También a esto tenemos que adaptarnos urgentemente. Los lugareños nos animan con entusiasmo mientras los grillos, las ranas y algún ave nocturna ponen banda sonora al de nuestros pasos y ánimos de los miembros del grupo. Un cielo magistralmente estrellado nos envuelve, y el aroma húmedo de la hierba que acepta con agrado el rocío nos alegra los pulmones.

 

Las luces de los pueblos juegan con nosotros, haciéndonos creer que estamos más cerca, más lejos, de nuevo más cerca… de ese objetivo soñado durante meses mientras percibimos que con cada vez más seguridad, venceremos al temido abandono. En ningún caso sería fracaso:

"Fracaso es caerse sin dejarse el alma por levantarse"

Carlos Serrano

Los últimos kilómetros son críticos. Las fuerzas hace ya rato que escasean pese a que no hemos cesado de alimentarnos periódicamente, pero nada puede evitar que un esfuerzo tan brutal pase factura. En los momentos más críticos, la fortaleza del bloque es la argamasa, la gasolina que empuja a los vehículos. Nos adaptamos a las circunstancias del otro: correr, trotar o caminar. El agotamiento es tal que andar duele más que correr incluso.

Y así afrontamos la recta final del tremendo desafío, corriendo. Es el mal menor, de esta forma es como menos duele la espalda, menos se resienten los pies, menos sufren los grupos musculares que mueven estas cargadas piernas. Nos reciben con aplausos por las calles de la última población. Huele a satisfacción, a descanso merecido, a triunfo personal. En nuestras caras demacradas por el tremendo esfuerzo se dibuja simultáneamente una sonrisa victoriosa. Buscamos nuestras manos y las unimos tapando la recta final. Entramos en la meta como lo que hemos sido durante las últimas dieciséis horas: un bloque inquebrantable con un corazón latiendo al ritmo del afán de superación.

Cruzar la meta en equipo no tiene precio.

Entonces llega el abrazo emocionado, alguna lágrima, palabras de agradecimiento, de felicitación… Y la sonrisa perenne hasta que unas horas después nuestros cuerpos nos recuerden que somos humanos. Fuertes, eso sí… y nos venza el sueño reparador que durante 102 kilómetros hemos ido ganándonos.

Medalla de Guerrero.

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